En la adolescencia los excesos ante el dolor están permitidos y son hasta celebrados, pero en la vida adulta no. Supuestamente mientras más crecés, es más fácil. Algunos te dicen que te tenes que tomar las cosas con más humor y calma y otros que no es para tanto. Salir de esa lógica es comprobar que, en líneas generales, lo que te piden es que sigas funcionando sin hacer mucho drama y que llores en la ducha, donde las lágrimas se confunden con las gotitas de agua. Lo concreto de la adolescencia y el sentimiento de inmortalidad de la juventud más temprana se empieza a desvanecer, no bajo el concepto de que todos vamos a morir, sino bajo la imposibilidad de seguir soportando otro golpe más y fingir que lo que tenía que superarse en tiempo record, tomate unos días, no se supera y queda ahí, crece, va ocupando lugar en el corazón hasta que no quedan más que gestos que se suponen adultos, en la forma de cinismo, la incredulidad ante el amor, el sexo sin amor, el vamos viendo, el no proyectemos nada, y ahí se forma la falsa libertad vinculada a la cama que te hace más preso del terror incluso en los límites de tu casa, ese lugar que querés compartir, pero en el cual terminás haciendo cualquier cosa, en total soledad.
Entendí que de la adolescencia me traje conmigo un montón de cosas. Cuando me gusta alguien, me gusta. Cuando quiero a alguien, lo quiero. Cuando me peleo con alguien, me peleo, cuando me separo, me separo. Convicción y arrebato. Sigo con los mismos ritos, leo las cosas veinte veces, escucho canciones en repeat, me quedo mirando la pantalla extrañada cuando no tengo respuesta, soy ansiosa, digo todo el tiempo lo que siento (hay excepciones). Me angustio, y completo frases de las otras personas, saco conclusiones que no existen. Intento develar misterios ajenos y entro en ese lugar de la misma manera que a los 15. Tengo 20 años pero no sé como son las cosas, no estoy más canchera que hace cinco años atrás. Colapso en ese mismo abismo, a mitad de camino entre la felicidad y la tristeza. Me sigo desbordando de la misma manera, mantengo inquietudes similares. Vamos viendo, relajados. No, vamos -si querés- con paciencia y con cuidado, pero con la tensión de que lo que tenemos explota. Rompamos todo, no nos escondamos en la experiencia. Todo es nuevo, todo empieza otra vez.
Todos estos años, no me dicen quién sos vos y tampoco me advierten del efecto que podrías tener sobre mi vida y hago lo mismo que hago siempre, borro el pasado, lo que aprendí lo olvidé, lo deshago para armar otra cosa. Acá está lo que tenía para decir, esto es lo que tenía para decir.
Entendí que de la adolescencia me traje conmigo un montón de cosas. Cuando me gusta alguien, me gusta. Cuando quiero a alguien, lo quiero. Cuando me peleo con alguien, me peleo, cuando me separo, me separo. Convicción y arrebato. Sigo con los mismos ritos, leo las cosas veinte veces, escucho canciones en repeat, me quedo mirando la pantalla extrañada cuando no tengo respuesta, soy ansiosa, digo todo el tiempo lo que siento (hay excepciones). Me angustio, y completo frases de las otras personas, saco conclusiones que no existen. Intento develar misterios ajenos y entro en ese lugar de la misma manera que a los 15. Tengo 20 años pero no sé como son las cosas, no estoy más canchera que hace cinco años atrás. Colapso en ese mismo abismo, a mitad de camino entre la felicidad y la tristeza. Me sigo desbordando de la misma manera, mantengo inquietudes similares. Vamos viendo, relajados. No, vamos -si querés- con paciencia y con cuidado, pero con la tensión de que lo que tenemos explota. Rompamos todo, no nos escondamos en la experiencia. Todo es nuevo, todo empieza otra vez.
Todos estos años, no me dicen quién sos vos y tampoco me advierten del efecto que podrías tener sobre mi vida y hago lo mismo que hago siempre, borro el pasado, lo que aprendí lo olvidé, lo deshago para armar otra cosa. Acá está lo que tenía para decir, esto es lo que tenía para decir.




