"Poner tu corazón en las manos del otro", linda metáfora de cómo el amor nos hace tontamente vulnerables. Si bien esto es cierto, es solamente una parte.
Pensamos en esa parte del amor que nos hace ser dependientes del otro, que nos saca autonomía y nos convierte en pelotudos con mentes frágiles (generalmente hablando). A mí me importa un huevo esa parte del amor.
Tenemos mente frágil y siempre estamos expuestos, aunque a veces digamos que no. Tenemos la gran necesidad de relacionarnos porque forma parte de nuestros principios biológicos. Y nadie sale sin marcas del encuentro con otro. Nadie vuelve a ser igual después de cruzar miradas. No hay forma de encontrar el camino de vuelta a lo que eras, eso es lo interesante. Así que, acá estamos débiles, inofensivos tratando de encontrarnos. Si lo aceptamos y asimilamos, nos dejamos de preocupar por salir lastimados. Sentir es vivir, y vivos estamos. Entonces viene la parte que creo debe importarnos, la que tiene que sobrevivir más allá de todo, porque representa la base, es la parte principal: la complicidad (no de complejo).
No es sexual, ni es puro sentimiento, ni es social, pero lo incluye. No tiene que ver con modas, con géneros ni horóscopos, ni gustos en común.
Ser cómplices es difícil pero no tiene comparación. Esa sensación íntima de compartir algo que es ajeno para los demás, pero indispensable para los dos. Una cama tendida a medias; un secreto; un millón de crímenes que nunca vamos a realizar, pero que planeamos en detalle. Nada como un cómplice que te haga hervir la sangre. Un cómplice, no un compañero. Yo quiero uno que lo planifique y ejecute conmigo, no que me acompañe. Ser cómplice es el amor, porque el amor es un delito y de este delito somos dos partes. Quizás yo no sepa mucho del amor, pero no me conformo con compañía, ni compañero ni acompañantes. Quizás yo no sepa nada del amor, pero quiero un cómplice nuevo, porque tengo muchos crímenes por delante.